“Hablo – contaba
Sampedro- con la experiencia de una muy grave estancia en la cama de un
hospital y una permanencia de tres meses, las veinticuatro horas de cada día,
como acompañante de una enferma hasta que falleció. Esta última dolorosa
experiencia supuso mi constante convivencia con todas las enfermeras, llegando
a conocerlas y a verlas en acción como sin duda no las veis los médicos, pues
para mi, no eran meras técnicas ni colaboradoras, sino compañía, esperanza,
alivio, seguridad y confianza […]"
“Cuando se está
aislado en una habitación horas y horas, viendo cambiar la luz en la ventana,
el abrirse la puerta ofrecía sorpresas muy distintas. Si era el médico, siempre
le acompañaba la incertidumbre inicial: ¿traía buenas o malas noticias? ¿Cómo
evolucionaba el caso?. Si era la enfermera su aportación era siempre positiva:
la hora de la medicina, o de la tensión, o la temperatura, el alimento o la
bebida, el comentario animador... El mero hecho de verla moverse por la
habitación era una garantía de seguridad, de amparo. Un suspiro de alivio se
nos escapaba a mi enferma y a mi al abrirse aquella puerta […]"
“Y es que la
enfermera aportaba un gran ramo de valores humanos, de los que ahora tanto se
mencionan y tan poco se aplican: ternura, comprensión, compañía para la
soledad, sosiego para la inquietud, tranquilidad. Con el tiempo, alguna
enfermera pasó a otros servicios.... Pero de pronto abrió nuestra puerta, sin
obligación alguna, sólo para preguntar y para demostrarnos el interés directo
que habían llegado a tomarse. Y más de una vez, en los pasillos, me
manifestaron con emoción ese interés refiriéndose a la persona que yo
acompañaba”.

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